El fantasma de Fernando Báez Sosa en Tucumán: un ataque en patota que demuestra que no aprendimos nada

En una audiencia realizada en la localidad de Monteros, la fiscalía formalizó la acusación contra los primeros identificados. Los puntos clave de la resolución judicial son:

  • Detenidos: Máximo Carreras (19 años) y Santiago Bagne (18 años).
  • Cargos: Imputados por el delito de lesiones graves en grado de tentativa, agravadas por haber actuado de común acuerdo.
  • Medida: Seguirán tras las rejas por un mes para evitar que entorpezcan la identificación del resto de la patota.
  • Contexto: Se estima que fueron alrededor de 15 los atacantes, muchos de ellos vinculados al ambiente del rugby local.

Lo que más estremece de este caso es la persistencia de una técnica de ataque que parece calcada del juicio de los rugbiers de Zárate: el cerco. Según la fiscalía, los agresores no solo golpearon, sino que armaron un anillo humano para impedir que Ledesma escapara y para bloquear a cualquier persona que intentara ayudarlo.

Este comportamiento demuestra una planificación instintiva de la violencia que el debate social tras la muerte de Fernando no ha logrado desterrar. El «ataque en manada» sigue siendo el refugio de quienes, individualmente, no se atreverían a tal salvajismo.

Patricio Ledesma, quien ya recibió el alta pero presenta hematomas severos y una hemorragia ocular, utilizó sus redes sociales para interpelar a sus agresores y a la sociedad misma:

“Uno se mata laburando para poder tener vacaciones, para salir con sus amigos tranquilo, para que vengan estos pendejos, estos rugbiers, que piensan que por andar en patota pueden hacer esto. Yo estoy con Jesús y por eso no me pasó nada, pero podría haber perdido un ojo o la vida. Piensen, le podés cagar la vida a una persona”.

Uno de los acusados forma parte del Club Huirapuca, institución que ya emitió un comunicado confirmando la suspensión provisoria del jugador hasta que se resuelva su situación procesal. Sin embargo, queda flotando la duda de si estas medidas «post-conflicto» son suficientes ante una cultura de la violencia que parece regenerarse en cada temporada de verano.

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