Año 1947: nacionalización o compra de los ferrocarriles ingleses

Escrito por Abel Fernández, vecino de la localidad de Matheu, quien, a sus 97 años, recuerda sus 40 años como Jefe de Control de Trenes del Ferrocarril Mitre, acercándonos algo de su historia. Segunda y última parte.

Esto le demandó a la República Argentina un gasto de 600 millones de dólares por las líneas inglesas y otros 54 millones por los de la línea francesa.

Esta medida se discutió y se discute aún, sobre la conveniencia o no de esa compra. Personalmente pienso, sin ser el dueño de la verdad, que debió exigírsele a los citados capitales un servicio acorde a la época, y no haberle permitido el abandono paulatino en que se lo dejó caer.

En cuanto a los ferrocarriles argentinos, por el año 1947 prestaban un servicio regular en todas las estaciones del país, pero al ser nacionalizados la política tuvo parte preponderante en su manejo, y aparecieron las controversias que terminaron por destruir una red de 48.600 kilómetros de vía útil, que en la actualidad sólo llegan a los 13 mil.

Los ingleses dispusieron a su antojo de las mejores tierras, aprovechando la comodidad de nosotros, los argentinos. Así ellos fundaron una línea ferroviaria sin dudas donde a ellos les convenía, pero nosotros las sacamos de las ciudades.

Se sucedieron las huelgas que sólo generaban problemas en su funcionamiento, hasta que el 30 de noviembre de 1961, gobernando Frondizi, se intentó implantar el plan Larkin, en el que se sostenía que todo el sistema debía reducirse a un 40%, eliminando personal, no se admitían las construcciones de nuevas vías, se eliminaba todo servicio de confitería y limpieza de las estaciones, y, a todo esto, con el sistema parado por 42 días, los empleados perseguidos, si algunos eran detenidos se los obligaba a trabajar. En tanto, al señor presidente Arturo Frondizi, de viaje por la India, se lo veía paseando sobre elefantes. Esto lo corroboran fotografías de diarios de la época.

Es indudable que con él comenzó la debacle ferroviaria, continuada en gran medida por el gobierno de Onganía, hasta que finalmente Carlos Menem completó esta obra nefasta con aquella frase “ramal que para, ramal que cierra”.

¿Qué nos podría haber dicho Olegario Víctor Andrade?

Leyendo estos apasionados versos de Andrade, en el ocaso de su vida y el ferrocarril en sus albores qué nos hubiera podido decir viendo un tren arrastrado por una rugiente locomotora “Caprotti”, formado por 12 o 14 coches en demanda de la ciudad de Rosario, o el Cuyano en viaje a la tierra del buen sol y el buen vino, o el Cinta de Plata viajando hacia el confín norte de la Argentina; el Arrayanes con todo su lujo en viaje a Bariloche, el exclusivo o novedoso Marplatense, el Gran Capitán que nos acercaba a las Cataratas del Iguazú, o el emblema de los FFCC, el Estrella del Norte que, en Carnaval, Semana Santa o para fin de año era necesario multiplicar hasta en tres formaciones y aun así no satisfacía toda la demanda.

Esos grandes trenes de cargas de entre 40 y 45 vagones, arrastrados por una potente locomotora, no tan ostentosa, yo diría una usina rodante que con su motor diésel de dos tiempos (una novedad), no atinamos a pensar qué nos podría decir.

Entonces, para quien ha vivido esa época, nada ni nadie podrá explicar qué pasó y por qué pasó la sistemática destrucción de nuestros ferrocarriles. Ya lo dije, y lo repito: los ingleses los pusieron en un desierto -habrán visto un buen negocio sin duda-, pero nosotros los sacamos de las ciudades y pueblos que quedaron abandonados y convertidas sus estaciones en ruinas, y saqueadas por el vandalismo. Nada importó, todo inexplicable y demasiado triste…

El Ferrocarril

Lanzó a los vientos su pendón el fuego,

rasgó los aires su silbido agudo,

su reguero de humo, ese fecundo riego,

que anima el seno del desierto mudo.

¡Miradlo! Va tragando las distancias…

parece apenas que la tierra toca…

y devorando por febriles ansias,

nubes vomita por su ardiente boca.

¡Miradlo! Es el guerrero del presente,

el genio armado de la nueva idea;

la ley del porvenir brilla en su frente,

y su penacho de vapor ondea.

¡Miradlo! Es el centauro del progreso,

es el audaz conquistador moderno;

está de sangre su pendón de sangre ileso,

su gloria brilla con fulgor eterno.

La barbarie se esconde amedrentada

al divisar su enseña brilladora,

como las sombras de la noche alada,

al centellar un rayo de la aurora.

Los tiempos del futuro que dormitan

del desierto en las vírgenes entrañas

a su acento despierta y palpitan,

cual palpitan el volcán en su montaña.

Es el progreso de la primera aurora

que irradia en esta tierra bendecida,

en esta tierra, siempre vencedora,

en esta tierra, hidrópica de vida.

Es el acento de la audacia humana

que crece, se duplica, se agiganta;

que pone de la vida la mañana

las alas del relámpago a su patria.

Olegario Víctor Andrade – 1829/1882.

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