En una contundente acción militar, Estados Unidos llevó a cabo una serie de ataques aéreos en el noroeste de Nigeria dirigidos contra posiciones operativas del Estado Islámico (ISIS). La operación, confirmada por la Casa Blanca, surge como una represalia directa ante la escalada de violencia y los asesinatos masivos perpetrados por grupos yihadistas contra la población cristiana en la región.
El presidente Donald Trump anunció la intervención a través de sus canales oficiales, calificando la maniobra como un ataque «poderoso y letal». Según el mandatario, la decisión se tomó tras agotar instancias diplomáticas y ante la persistencia de ataques que han alcanzado niveles de violencia inéditos en la historia reciente del país africano.
Justificación y contexto de la operación
La Casa Blanca ya había advertido en octubre que la persecución religiosa en Nigeria representaba una «amenaza existencial» para las minorías cristianas. Tras imponer restricciones de visado y sanciones económicas a funcionarios vinculados con la inseguridad, Washington optó por la vía militar al no registrarse un cese en las hostilidades.
«Si no detenían la masacre de cristianos, iban a pagar un alto precio, y así fue», expresó Trump, subrayando que su administración no permitirá que el terrorismo extremista prospere en regiones clave para la estabilidad internacional.
Cooperación bilateral y detalles del Pentágono
A diferencia de otras intervenciones unilaterales, el Pentágono informó que esta operación se realizó con el consentimiento y la solicitud del gobierno de Nigeria. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, destacó la efectividad de los ataques de precisión y agradeció la colaboración de las autoridades en Abuja para localizar los objetivos.
Los bombardeos se centraron en infraestructura logística y campamentos de entrenamiento del Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), una facción que ha ganado terreno en el norte de Nigeria, tradicionalmente influenciado por el grupo terrorista Boko Haram.
Un país marcado por la división
Nigeria, el país más poblado de África, atraviesa una compleja crisis interna marcada por una división geográfica y religiosa: el norte es de mayoría musulmana y el sur predominantemente cristiano. Si bien la violencia de los grupos armados afecta a civiles de todos los credos, el recrudecimiento de los ataques selectivos contra comunidades cristianas fue el detonante para la intervención estadounidense.
Organizaciones humanitarias internacionales han denunciado durante años que la inseguridad en Nigeria ha dejado miles de muertos y millones de desplazados internos, convirtiéndose en uno de los focos de inestabilidad más críticos del continente. Con esta acción, Washington reafirma su política de protección a las minorías religiosas y su lucha global contra las células del Estado Islámico.
